FOR MY SPANISH-SPEAKING READERS FRAGMENTO: LOS EXPLORADORES


Esa noche fui muy brusco con él. Marcas de dientes, tirones de pelo, un agarre férreo y dominante en sus caderas y estocadas cortas y rápidas al ritmo de «mío, mío, mío». El mero hecho de pensar que alguien —cualquiera— pudiera poner sus manos sobre su suave piel de porcelana y profanar ese cuerpo que había aprendido a venerar y que tan bien conocía, me hacía querer atacar como un animal que se siente acorralado. Con la mandíbula apretada y un picor en los ojos que empezaba a nublarme la vista, fui incapaz de acallar el fuerte rugido de celos que se abrió paso en mi mente de forma violenta, apuñalándome con imágenes nauseabundas. El pelo negro azabache de Lochan se abría en abanico sobre su esbelta espalda. Observar sus músculos tensarse y relajarse en perfecta sincronía con las arremetidas de mis caderas hizo que perdiera el control y me hirviera la sangre. Su trasero, redondo y firme, y la forma en la que su cuerpo se estiraba para dar la bienvenida y acomodar el mío, aceptándome y exprimiéndome una y otra vez, amenazaban con lanzarme por el precipicio demasiado pronto. Y él me alentaba, dócil pero demandante, ofreciendo la más deliciosa de las resistencias y sin ser nada discreto al respecto. Joder, cómo gemía. De repente, nada era suficiente. Una necesidad visceral de marcarlo se apoderó de mí. Necesitaba mirarlo a los ojos y que él me mirara, que me mirara de verdad. Que me mostrara que me había convertido en algo inolvidable e irremplazable, del mismo modo que él lo había sido siempre para mí. Que, pasara lo que pasara, nadie podría interponerse entre nosotros. A dos estocadas de llegar al clímax, salí de él. Lochan se aferró a las sábanas de lino, agarrándolas con fuerza y dejando escapar una maldición contra la almohada. —Ervyn, por favor —jadeó, mirándome por encima del hombro y dedicándome una mirada llena de lascivia a través de sus larguísimas pestañas. Sus labios, exuberantes y entreabiertos; sus ojos, esos pozos azules, brillantes, en llamas y disolutos—, estoy a punto. Por todos los dioses… No debería ser capaz de lograr que se me parara el corazón con solo una mirada. Pero lo era. Nunca había conocido a nadie que combinara lo dulce y lo obsceno con tanta facilidad. Y, en cualquier otro momento, hubiera logrado persuadirme; él, el rey de la manipulación. Pero no en esos instantes. Oh, sí. Lochan disfrutaba saliéndose con la suya. Pero, a veces, disfrutaba aún más cuando se le negaba. Me apreté la polla, haciendo presión con el pulgar y el índice. Tenía que contener mi necesidad para poder ocuparme primero de la suya. Le di un azote en el culo, lo que provocó un fuerte gemido por su parte y trajo un cálido picor a la palma de mi mano, tiñéndole la piel de un exquisito color rosa. Ojalá hubiera podido dedicar un rato a repasar la marca con la lengua y los dientes hasta conseguir que se retorciera de placer, pero, en el estado en el que estábamos ambos, no había tiempo para semejantes sutilezas. —Date la vuelta, mu’hrōnye —dije con un acento muy marcado, al estar sin aliento—. Quiero verte la cara cuando te corras. Su respiración entrecortada rivalizaba con la mía. Me dedicó una mirada muy lochanesca, pero accedió a mi petición. La forma en la que se giró, moviendo sus esculturales piernas a mi alrededor, hasta quedar bocarriba —seductor aún sin proponérselo—, casi hace que me ahogue con mi propia saliva. Antes de entrar de nuevo en él, no pude evitar besarlo; y fue un beso lánguido y húmedo, con mi cuerpo cerniéndose sobre el suyo, envolviéndole con mi peso y el calor de mis músculos, lamiéndole el contorno de los labios y pidiéndole paso con la lengua. Se abrió a mí de forma inmediata, invitándome al interior de su boca. Su lengua perseguía la mía mientras me empujaba hacia él, acercándome más. Sus manos se deslizaban por mi espalda, sus dedos impacientes clavándose en mi culo, urgiéndome a pegarme aún más, si eso fuera posible. En ocasiones, me daba la impresión de que no le importaría que me metiera bajo su piel, todo yo, entero; y el mero pensamiento hacía maravillas en mi vena posesiva. Una sensación de ingravidez descendió sobre mí, haciendo que me desconectara de la realidad. La cabeza empezó a darme vueltas del placer de sentir su duro y marmóreo cuerpo bajo el mío, desesperado por ser tomado. Todo mío. Al menos esa noche. Un recordatorio de lo que pasaría al día siguiente me atravesó el pecho como si me hubieran clavado un atizador de bordes irregulares y afilados. Como si un cabronazo sádico y vengativo retorciera su punta incandescente en mi interior. Pero los jadeos de Lochan contra mi boca reclamaron mi atención de nuevo, su cuerpo arqueándose contra el mío, como si se hubiera percatado de mi tormento. Todo oscuro pensamiento se disipó entonces, desterrado al rincón más lejano de mi mente. No me dejaría llevar por la ansiedad, arruinando las horas que teníamos por delante juntos, solos y desnudos. Le agarré la cara para que se girara a mirarme y él gimió. Arrastré los labios por su mandíbula, su cuello, donde se le marcaba un tendón que estaba pidiendo a gritos que lo succionara, que lo marcara como mío. Así que clavé los dientes en tan suculenta carne y sonreí cuando lo noté tensarse debajo de mí en un espasmo silencioso, su polla dejando un rastro húmedo contra mi ingle. Deslicé la nariz contra su piel, mareado por mi necesidad de él, bebiéndome su aroma dulce y exótico, que cada vez se me subía más y más a la cabeza, cada inhalación más intensa que la anterior. Me enterré en él de nuevo y lo hice con tanta fuerza que la estocada hizo que el esternón me doliera casi tanto como los huevos. A ambos se nos escapó un gemido. Sus refinados rasgos se suavizaron, permitiéndome observar una expresión nada habitual en él: libre de escudos, con las pestañas pesadas por el deseo, en carne viva. Exquisito. Lo agarré de la barbilla y le levanté la cara. —No apartes los ojos de mí —dije con voz ronca pero firme, a pesar de que el miedo trataba de apoderarse de mí—. Mírame. «A mí, el que te está follando», pensé. «A mí, el que está enamorado de ti». Como siempre, me dio exactamente lo que quería. Más, incluso. Y la seguridad de que nunca habría nadie como él para mí, que él era el definitivo, todo lo que necesitaba en la vida, me inundó y cubrió como una ola, una con la que ya estaba más que familiarizado. Y era un sentimiento tan aterrador como reconfortante. Cambié entonces mis movimientos y empecé a embestirle con estocadas largas, lentas y profundas. Se corrió enseguida y yo no pude resistirme una vez vi su liberación cubriendo su pálido y terso abdomen. Después, lo atraje hacia mis brazos, donde lo abracé con fuerza de la forma que sabía que él necesitaba ser abrazado. Pero lo hice casi más por mí que por él. Con toda esa fuerza. Con toda esa belleza. Y había decidido confiar en mí. Rendirse a mí. Me había dejado poseerlo. Y amarlo. El saber que, en un abrir y cerrar de ojos, podría zafarse de mi agarre y someterme a su voluntad, me seguía pareciendo de lo más excitante. Porque puede que yo fuera tan bueno luchando como cualquier otro elfo, pero si hablábamos de un enfrentamiento físico con Lochan, tendría suerte si le duraba tres suspiros. Y, aun así, ahí yacía él —el guerrero letal y por todos temido, que detestaba que lo tocaran— dejándome sostenerlo entre mis brazos y pegándose a mi cuerpo como si necesitara mi toque para sobrevivir. Y mentiría si dijera que eso no me hacía bullir por dentro y convertía mi sangre en lava. Había desarrollado una gran fascinación por su pelo. Su melena sedosa era perfecta para enredármela entre los dedos o para envolverla alrededor del puño en los momentos de pasión. Me servía tanto para controlarlo como para prodigarle afecto. Como ahora, que mis caricias —una disculpa muda por haberlo castigado por algo por lo que él no tenía culpa alguna— lo estaban haciendo ronronear, arrancándole gemidos soñolientos de satisfacción. Por todos los dioses… Como si no hubiera conseguido ya vencer todas y cada una de mis defensas y apoderarse de cada pedazo de mi mente y de mi corazón. Aunque pudiera parecer lo contrario, nunca fui yo quien estuvo al mando en esta relación. Siempre supe que yo sería el primero en pronunciar esas dos palabras que esperaban silentes en la punta de la lengua, como fragmentos de vidrio cortándome y arañando la superficie. Pero, aun así, no era capaz de escupirlas. Y eso que casi me había convencido a mí mismo de que si no me las decía de vuelta, no pasaría nada. Que no se rompería una parte de mí, que no perecería. Sospechaba —esperaba— que él correspondía mis sentimientos. Sin embargo, las miles de dudas que me embargaban me impedían actuar al respecto. Tras un tiempo así, fingir que estaba esperando el mejor momento para decirlas se convirtió en la excusa del día a día. Y ahora tampoco parecía ser el momento idóneo. No quería confesarle mi amor en un arranque de miedo o de celos, como en un intento de prevenir que se marchara, atándole con mis palabras del mismo modo que una cuerda ataría a un prisionero. ¿Que se tratara de una mujer era importante? ¿Era mejor o peor? La imagen de una arquera norteña con una larga trenza dorada me vino a la cabeza en esos instantes, mareándome y revolviéndome el estómago. Mis inseguridades revoloteaban en mi interior y empezaban a salir a la superficie como atraídas por los recientes acontecimientos, como la espuma de una cerveza recién vertida. Al final, terminaría con una migraña de tanto imaginarme cosas. Situaciones que intentaba borrar de mi mente, para que un momento después fueran sustituidas por otras distintas. No quería alarmar a Lochan, así que fingí dormir. Luché contra los temblores y la tensión muscular, obligando a mi cuerpo a relajarse, algo que debería de haber sido natural tras lo que acababa de pasar entre esas sábanas. Por fin, su respiración se ralentizó y se relajó a mi lado. Cada vez que se quedaba dormido en mis brazos, yo lo consideraba como una victoria personal. Esa noche, sin embargo, sería yo el que no parara de dar vueltas sin descanso.

Próximamente!

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